
Miraba la estatua de la Plaza Braille y me acordé de la llamada telefónica de Fran de esta tarde. Le dí algunas vueltas más, otra vez. Y concluí que, con sus noticias, lo único que se me puede quedar es cara de gilipollas.
Tal vez no tenga que ponerla, temo que ya se me quedó así hace muchos años.
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